Embajada de Portugal en Cuba

Ministerio de Relaciones Exteriores

Conferencia "América Latina, el Caribe y Europa: política, cultura y economía"

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Augusto Santos Silva

Ministro de Asuntos Exteriores de Portugal

28 de junio de 2016

 

Conferencia en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba

1. Una perspectiva política, es decir, a partir del futuro

La globalización, que acentúa las interdependencias en el mundo, no significa la extinción de su diversidad. Las partes que constituyen el mundo globalizado son muy diferentes entre sí, ya sea cuanto al modo como las economías se insieren en los territorios y culturas, ya sea cuanto al modo como las economías se relacionan con las estructuras sociales, jurídicas y políticas de las respectivas sociedades. Las partes que constituyen el mundo globalizado son también muy desiguales, en lo que concierne a los niveles de desarrollo, patrones de distribución de rendimiento y garantías de bienestar.

Las naciones son, pues, diferentes y desiguales; sin embargo están más interdependientes. Este hecho es también uno de los mayores problemas presentados por la globalización. Más integrada y más interdependiente, la economía mundial exige, a cada país, ganancias de escala que permitan lograr la dimensión sin la cual se corre el riesgo de irrelevancia. Para las pequeñas y medias economías y para las pequeñas potencias, ganar escala por medio de la pertenencia a bloques supranacionales puede ser efectivamente una cuestión de sobrevivencia: puede ser la forma de evitar que se acabe por pasar de la periferia para el margen por así decir externo del sistema mundial.

Por eso, no constituyen sorpresa los procesos de integración regional en curso. La Unión Europea es el caso más ambicioso y consistente. Pero no es el único, lejos de eso. Y aun cuando la integración regional es, en práctica, incipiente, la plena comprensión de las dinámicas del mundo exige que por lo menos pensemos en términos de bloques regionales. 
Por lo tanto, hace todo el sentido mirar a Europa y a América Latina y al Caribe como actores regionales relevantes. La globalización no disminuyó la importancia de esta escala supranacional regional. Por lo contrario, la ha valorizado. Europa – entendida como la Unión Europea, los Estados candidatos y sus cercanos como Noruega o Suiza – América Latina y el Caribe son protagonistas del mundo del mismo modo que lo son China, India, Rusia, Japón, los Estados Unidos, el Sudeste Asiático o el Mundo Árabe.

Los actuales 508 millones de habitantes de la Unión Europea se comparan, además, con los 640 millones de habitantes de América Latina y el Caribe. La primera abarca 28 Estados, la segunda 32. Al contrario de la Unión Europea, América Latina es una región muy joven y en crecimiento demográfico. Según algunas proyecciones, en 2050 la UE incluirá menos de 500 millones de personas y América Latina el Caribe, juntos, casi 800 millones. La afirmación económica latinoamericana es uno de los datos del siglo XXI, incluyendo hoy la nona economía del mundo, que es Brasil, la 15ª economía, que es México y la 21ª economía, que es Argentina. No menos sintomático es el liderazgo, por latinoamericanos, de grandes organizaciones internacionales, de la Iglesia Católica a la Organización Mundial del Comercio, la FAO o la OCDE. Si, como dicen varios especialistas, nos encontramos en una fase de transición en el sistema del poder mundial (entre, de un lado, la bipolaridad de la Guerra Fría y la unipolaridad de la primera Posguerra Fría y, del otro lado, un nuevo ordenamiento que todavía no es posible apercibir), entonces debe decirse que latinoamericanos y caribeños serán intervinientes que hay que tener en mucha cuenta en la transición.

¿Pero que puede traer la dialéctica entre ellos y los europeos? Es que esa dialéctica hace sentido, y no es solamente histórica.

La historia, evidentemente, cuenta. Europa colonizó a América Latina y las huellas profundas de ese proceso todos las pueden ver todavía. América Latina y el Caribe de hoy solamente se comprenden una vez presentados en una dimensión histórica, teniendo en particular consideración la interacción entre poblaciones indígenas, poblaciones de origen africana y poblaciones de origen europea. La conquista, la esclavitud, el etnocidio determinaron la dominación europea; y formas de opresión económica y política ejercidas o patrocinadas por las grandes potencias del Norte puntuaron la historia ochocentista y nuevecentista de los nuevos Estados independientes de Sudamérica y América Central.

Sin embargo, la historia también cría lazos, lingüísticos, culturales y sociales, particularmente entre Portugal y España, de un lado, y todas las naciones latinoamericanas y muchas de las naciones caribeñas, del otro. Estos lazos pueden y deben ser revalorados en el marco del relacionamiento entre países independientes y soberanos, y exclusivamente en ese marco. No hay cualquier historia de cualquier colonialismo que haya sido suave, blando o más cercano, por el simple motivo de que tal no existe. Lo que hay es el presente y el futuro de la cooperación entre regiones con iguales derechos y responsabilidades en el orden internacional; y es solamente con relación a ese futuro que los vínculos pasados pueden servir de recurso común.

Es, pues, desde una perspectiva política que hemos de considerar los efectos de la relaciones dialécticas entre Europa y América Latina. La perspectiva política es la que observa las cosas a partir da nuestra voluntad y de nuestros proyectos. Y es esa la mirada que nos interesa: mirar al pasado a partir del futuro que, hoy, queremos construir.

2. Regular la economía

Miremos, así, a la economía desde la política. Una relación económica más cercana, más fuerte y más balanceada entre Europa y América Latina y el Caribe puede generar dos efectos muy positivos. El primero es reforzar la centralidad geoeconómica del Atlántico, en toda su extensión. Y el segundo es mejorar la regulación de la inversión y do comercio internacional. Examinemos cada uno de esos efectos.

Se dice muchas veces que el siglo XXI es el siglo del Pacífico. La expresión es adecuada, si pretende señalar la emergencia de la economía asiática y el reequilibrio que esta provoca en el sistema mundial, llevando particularmente los Estados Unidos a poner atención a su relación con el Pacífico. Sin embargo, es una expresión incorrecta si es entendida como el declino del Atlántico. Es que el Atlántico también está resurgiendo, en nuestros días, y resurgirá en el futuro próximo, de una forma quizás menos espectacular que el Pacífico, aunque no menos efectiva.

La centralidad geoeconómica y geopolítica del Atlántico Norte – o sea, de la relación entre América del Norte y Unión Europea - es evidente. Y la conclusión de los acuerdos de comercio e inversión entre la Unión Europea y el Canadá y entre la Unión y los Estados Unidos reforzará esa centralidad. Pero no será suficiente, para la geopolítica democrática, si se queda solamente por el Atlántico Norte. Nosotros necesitamos de todo el Atlántico, es decir, necesitamos de complementar y de contrabalancear la conexión transatlántica a Norte con la conexión entre Europa, América Latina y el Caribe. Dejo naturalmente de lado la cuestión igualmente crítica de la articulación de las Américas, porque ese no es el objeto de esta conferencia.

Hay distintas formas de promover la conexión entre europeos y latinoamericanos. Una de ellas es la Conferencia Iberoamericana. Otra, los acuerdos de cooperación económica y de movilidad académica entre la UE y América del Sur y el Caribe. Otra, muy promisora, el acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur. Y otra más, la intensificación de las relaciones bilaterales de inversión e intercambio entre los países de ambas regiones.

Las bases para este incremento existen. Los principales motores de la economía europea son la solidez organizacional y tecnológica de las empresas, la estabilidad del modelo de relaciones laborales y de la concertación social, la combinación entre servicios públicos y el sector privado, la dimensión del mercado interno y la vinculación al comercio internacional. La pujanza latinoamericana también es conocida: basta con acordarnos del crecimiento sustancial de sus clases medias, a lo largo del siglo; o de los progresos en la escolarización, estimándose, por ejemplo, que para un tercio de sus estudiantes en la enseñanza superior, sea la primera vez que tal experiencia sucede en las familias respetivas. Importa, no obstante, que el desarrollo de las relaciones económicas en vuelta del Atlántico se oriente para un modelo de regulación de la inversión y del comercio que sea suficientemente ambicioso. Ese sí, será un cambio estructural en la economía internacional.

Lo que quiero decir es que el desarrollo de las relaciones económicas entre Europa y América Latina y el Caribe sólo hace sentido verdaderamente una vez que rompamos totalmente con el modelo histórico de la exploración exógena de recursos basada en la complicidad entre empresas multinacionales y poderes públicos del Norte y burguesías y oligarquías rentistas del Sur; y una vez que consolidemos un modelo de relacionamiento que, simultáneamente, estimule el comercio y la inversión extranjera privada y la regule por medio de un modelo económico y social direccionado para el desarrollo y el bienestar.

Este desafío, permítanme caracterízalo de este modo. No es suficiente decir “no” al consenso de Washington, es decir, a la imposición exógena y uniforme de la receta de privatizaciones, enflaquecimiento del Estado y desreglamentación de la economía. Debemos igualmente decir “no” a una especie de Consenso de Pequín, es decir, a la híper concentración en la expansión del comercio externo y a la aceptación de una economía de bajos costos y pocos derechos. El consenso de que necesitamos – tal vez un Consenso del Caribe, en el camino Sur-Norte que va desde la punta sur de América hasta la puerta ibérica de Europa – es un consenso que valoriza la inversión y el comercio regulados, encuadrándolos en el sistema de nuestras democracias, de nuestras soberanías nacionales y de las necesidades y los anhelos de nuestras poblaciones.

El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Canadá, que está redactado, avanzó significativamente en este sentido de promoción del comercio y de la inversión extranjera bien regulados. La posición europea en la negociación en curso con los Estados Unidos, para la Asociación Transatlántica del Comercio y la Inversión, sigue la misma orientación. Esperemos que iguales principios se apliquen en la negociación con el Mercosur.

3. La centralidad de la cultura

Así regresamos a la política: a la geopolítica. La centralidad del Atlántico es la centralidad de un orden político fundado en la combinación entre la democracia liberal, las aspiraciones populares y el bienestar social. Eso, sin embargo, no se logra solamente en el espacio del Atlántico Norte; exige la tensión y el diálogo entre el Norte y el Sur del Atlántico. Sólo de esa forma se colocan también, en el corazón de nuestra agenda de desarrollo, temas tan importantes como los derechos sociales, las soberanías nacionales, la causa de los pueblos indígenas, las condiciones efectivas de igualdad, ciudadanía y participación política. Dicho de una forma un poco más literaria, pero no menos relevante: no nos basta apenas una parte de la historia para hacer un futuro entero. Si el racionalismo de la modernidad europea fue y es crucial para la exploración plena de las enormes potencialidades que la naturaleza y los hombres nos ofrecen, no es menor el cruzamiento que algunos dicen posmoderno por anticipación que crió las ciudades y las naciones latinoamericanas – el cruzamiento entre gentes, entre civilizaciones, entre geografías. Todos necesitamos también de la alegría de vivir, de la exuberancia, de la apropiación del otro y de lo que es novedad, que la forma cultural del barroco bien exprimió. Y necesitamos, sobre todo, del mestizaje, de la hibridez, o sea, de la intersección de las diferencias y de la consecuente generación de nuevas y originales formas sociales. Y como lo tendremos, ¿si no es con los latinoamericanos y los caribeños?

Por eso es que, al contrario de lo que piensa la ortodoxia que lamentablemente campea, la cultura no es un adorno lateral de la economía y de la geopolítica, sino que su cerne. Y es por eso que el diálogo cultural, el encuentro y la fecundación recíproca de las culturas, la interpenetración viva y festiva de los que, por ser distintos, se enriquecieron y se enriquecen mutuamente, son instrumentos tan decisivos para un orden internacional más justo e igualitario.

¿Cómo establecer ese diálogo sin comunicación apropiada? ¡Por supuesto que es indispensable la comunicación! Pues bien: Iberoamérica es la mejor plataforma para el diálogo entre Europa y América Latina y Caribeña, exactamente porque dispone de los recursos comunicacionales más consolidados. Empezando por las lenguas: juntos, el español y el portugués son hablados hoy por aproximadamente 700 millones de hablantes nativos, lo que hace de este espacio de intercomprensión lingüística el más amplio del hemisferio occidental. Las lenguas crean culturas: la cultura de las tradiciones y de las artes populares, y la cultura de los escritores, artistas e intelectuales. También ahí el cruzamiento de las identidades y de los patrimonios es evidente. Luego, la religión, como modelo de interpretación del mundo y de atribución de sentido y como norma de comportamiento, es un lazo social que no deberíamos desvalorar, principalmente en América Latina. Tengamos en cuenta, seguidamente, la espesura y proximidad de los lazos históricos, construidos a lo largo de cinco siglos de mucho dolor y algún afecto. Y rematemos con la existencia y la actividad de organizaciones multilaterales cuya razón de ser es el diálogo y la cooperación. Me refiero particularmente, y naturalmente, a la Conferencia Iberoamericana.

4. Cambiando la geografía

Pleiteo, pues, en favor de un diálogo más intenso y más durable entre Europa y América Latina y el Caribe. Sostengo que la cultura – es decir, el patrimonio y las artes, la educación y la ciencia, la lengua y la comunicación, la artesanía y el turismo, la erudición y la economía creativa – debe de estar en el corazón de ese diálogo, como su factor esencial. Deduzco de ese diálogo el refuerzo de la centralidad geopolítica del Atlántico, pero de todo el Atlántico, Norte y Sur, abarcando a Europa y a las distintas Américas. Imagino que un modelo más rico de relaciones internacionales pueda emerger desde esa centralidad, conectando mejor a la cultura, al desarrollo, a la democracia y a la paz y seguridad.

Pero voy todavía un poco más lejos. El Atlántico cuya centralidad geopolítica defiendo no es el único centro, sino que uno de los centros del sistema internacional. Este sistema, para que pueda ser más equilibrado, debe de girar en torno a varios ejes, debe de organizarse em torno a varios centros – que, además, cambian o pueden cambiar de acuerdo a las distintas dimensiones que contemplamos en las relaciones internacionales.

Una de las muchas virtualidades que veo al pensar el mundo a partir del Atlántico es que eso revela, inmediatamente, la necesidad de pensar en otros protagonistas y en otras relaciones. Porque el Atlántico no es solamente Europa y Américas, sino que también África; e, justamente, estrechar la relación con América Latina ayuda a planear mejor una relación triangular con África. Porque la parte occidental de las Américas mira al Pacífico y el Canal de Panamá, ahora ampliado, conecta a ambos océanos, inmensos; y la conexión cercana entre Europa y América es también una forma de percibir que la ruta leste, euroasiática, no es la única que nos conduce hacia el Pacífico.

Y, pregunto, ¿no es precisamente esta complejificacion eso que necesitamos? ¿No habrá necesidad de huir de las dicotomías pasadas, que tanto nos paralizaron, y de esas que nos siguen paralizando? ¿La contraposición del Norte y del Sur, del Occidente y del Tercero Mundo, del Atlántico Norte y del Atlántico Sur, y ahora esta oposición, tan insistente y también tan reductora, entre el Atlántico y el Pacífico, no serán bloqueadores, en vez de organizadores, de nuestro pensamiento estratégico?

Si el barroco es la grandeza que no cabe en la medida, seamos por un momento barrocos. Nuestro mundo es el tiempo, el país, la región supranacional que nos cupo en suerte. Seguramente. Aquí, diría Martí, es «nuestra América». Pero como portugués y europeo, mi patria es también mi lengua, que comparto con brasileños, angolanos, mozambiqueños y tantos otros. Es la literatura que leí y leo, donde caben García Márquez y Drummond de Andrade, Borges y Cortázar, Octavio Paz y Pablo Neruda, Vargas Llosa y Alejo Carpentier. Es la arquitectura que encuentro tanto en el centro de Madrid como en el centro de Lisboa, como en Salvador de Bahía, Lima o Montevideo. Es la forma de ser, de alimentarse, de honrar a los muertos, de rezar y de festejar en que me reveo. Son los valores cívicos y políticos en que creo, y las instituciones que determino y me protegen. Es el mundo todo, abierto y cercano, casi íntimo como ahora es. La geografía no es, pues, una fatalidad y un destino. Nunca lo ha sido, no lo es. La geografía es, como los geógrafos tan bien explican, un sistema de determinaciones y de posibilidades. La geopolítica viene a ser la forma de administrar esas determinaciones y de aprovechar esas posibilidades, atenuando ciertas determinaciones e incrementando ciertas posibilidades.

La relación que aquí he defendido entre Europa, el Caribe y América Latina es una de esas formas de administrar determinaciones y concretar posibilidades. Es, por decirlo, una, entre otras, posibilidades. Podemos y debemos trabajarla conjuntamente, porque sólo conjuntamente lograremos realizarla. No apenas los grandes países, como Brasil, México, España, Colombia o Argentina; no apenas los países medios, como Portugal o Cuba; sino que todos los países. Y también las distintas organizaciones en que todos nos inserimos, esa que a todos nos acoge, las Naciones Unidas, además de las entidades regionales, como la Unión Europea, la Organización de los Estados Americanos, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, la Conferencia Iberoamericana, la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa, la Asociación de los Estados del Caribe, la Alianza del Pacífico o el Mercosur, a que varios de nosotros pertenecemos. Y también todos aquellos que son la riqueza de las economías y de las sociedades, los sindicatos y las empresas, las organizaciones no gubernamentales y los movimientos sociales, la administración pública y el sector privado, la economía social y las colectividades territoriales, las asociaciones indígenas y los círculos de juventud, las organizaciones religiosas y las laicas, y tantos otros.

Para recoger las vías del diálogo entre espacios y comunidades por veces muy distintos, necesitamos de puertas y de puentes. Necesitamos de puertas que abran espacios, invitándonos a entrar y a percibirlos como casas nuestras; y necesitamos de puentes que superen obstáculos y acerquen márgenes. Quisiera únicamente aquí decir, en este país-puerta que es Cuba, que mí país es también un país-puerta y un país-puente. Puerta para Europa, puerta para África, puerta para América Latina, pues es puente entre Europa, África y América Latina. Úsenlo, como se usan las puertas y como se usan los puentes.

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